De cómo conseguí mi matica de menta

Esta historia es del año pasado, pero se las había quedado debiendo.

Sé que no es difícil conseguir menta, es más, en mi supermercado de vez en cuando te puedes comprar la mata para llevar a la casa junto con el romero, la salvia, la cebollina y el cilantro. Pero por alguna razón inexplicable, no había podido encontrar ninguna matita para llevarme a la casa. Cada vez que visitábamos el supermercado volvía con un paquete de hojas de menta, pero de la mata no había ni rastro. En fin, yo ya había dado por terminada la búsqueda y me había hecho a la idea de que en Alemania no venden matas de menta y lo que yo creí alguna vez visto había sido un espejismo.

Era verano, un verano que en realidad había sido más pasado por agua que por días maravillosos de sol. Pero justamente el día en que mi matica de menta llego a mis manos era un día cálido, con un poco de humedad pegajosa en el ambiente que a su vez traía una brisa fresca que olía a lluvia. Ese sábado de verano nos fuimos al centro de la ciudad en Metro, la verdad que no recuerdo que evento había, pero recuerdo que el centro estaba lleno. En nuestro viaje de regreso a casa venia en la banca del lado una pareja mayor. Por su acento se notaba que no eran Alemanes, pero por su vocabulario se entendía que llevaban muchos años en el país. Él era delgado, con una sonrisa amable, de piel dorada por el sol y con un bigote grande del mismo color de su pelo, blanco. La señora a su lado, aunque mayor, tenía el pelo oscuro, la tez blanca con manchas rojas luego de varias horas en el sol y una sonrisa de oreja a oreja. No recuerdo que vestía, pero cargaba en su regazo una canasta cubierta con un trapo a cuadros. La pareja venia conversando amenamente y riendo entre ellos, como recordando el día que estaba terminando. En la siguiente estación se sentó otra pareja de similar edad en la silla al frente y de inmediato la señora de sonrisa amable empezó a tratar de hablar con la nueva pasajera del tren. Yo los miraba intrigada para ver su reacción, sobre todo porque en Alemania, o al menos en el norte, la genta no habla amenamente con extraños solo porque son vecinos de un vagón de tren. La nueva pareja aunque tardo un poco en empezar a responder con frases completas los comentarios de la señora, poco a poco empezó a ser más abierta en la conversación y empezaron a reír mientras contaban anécdotas pasajeras de esas que se cuentan para dejar que el tiempo pase más rápido y con las personas a las que aún no se conoce.

Luego de hablar del maravilloso clima que habíamos tenido ese día y de lo maravilloso de que por fin había parado la lluvia, el señor del bigote blanco sonrió de par en par y con una voz orgullosa comento a sus interlocutores que gracias al buen clima habían ido al pequeño jardín en la ciudad en el que plantaban varias hierbas y hortalizas. Mientras tanto ella retiraba el trapo a cuadros de su canasta y empezaba a mostrar las maravillas que acababan de recolectar en el jardín: flores, coles, zanahorias y ruibarbo empezaron a desfilar por las manos de la pareja. Cuando la señora mostro los varios trozos de ruibarbo su interlocutora se maravilló ante el lindo color rojizo de sus tallos y comento lo mucho que le gustaba hacer mermelada. Esa pareció ser la mejor noticia que había escuchado la mujer, tomó inmediatamente cuatro tallos de ruibarbo y se los pasó a su nueva “amiga”. Yo entre lo entretenida que estaba mirando el intercambio de recetas, las sonrisas que iban y venían, y las conversaciones debía tener una cara de boba increíble, pues me encontré mirando directamente, y sin darme cuenta, al señor de bigote blanco con una sonrisa de quien acaba de ver a algo bonito. El señor me miro y me regalo una de sus sonrisas amables, luego busco en la canasta y con una sonrisa me entregó algo verde que sujetaba cuidadosamente entre su pulgar e índice, un tallo de menta con varias hojas de la fragante mata. “Para usted señorita, que la menta que cultiva mi mujer es de la mejor de Hamburgo”, y me invito a que mordiera las hojas para que refrescara mi paladar. Yo arranque con cuidado una de las hojitas del tallo y mantuve el resto de la matita con todo el cuidado que pudiera en la palma de mi mano. Les di las gracias a ambos por tan maravilloso regalo con una gran sonrisa en mi boca. Andreas me miraba extrañado, pero también sonrió y agradeció a la pareja por su detalle con nosotros.

[La plantita que me regaló la pareja]

La pareja se bajó en la siguiente estación, luego de que repartieron parte de su cosecha. Se despidieron amablemente de nosotros cuatro y nos desearon un feliz día.

Definitivamente siempre habrá alguien que te dé una buena sorpresa y te haga sonreír y esta pareja me dio una sonrisa, no solo por su amabilidad, sino también porque sin saberlo me dieron como regalo aquello que tanto estaba buscando: una matita de menta.

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Las raices que empezaron a crecerle al pedacito de menta

Al llegar a la casa cubrí la punta del tallo con algodón y lo puse en agua con la esperanza de que creara raíces, y para mi buena suerte no solo creo raíces, sino que creció y aún sigue dándome hojitas de menta para hacer un buen té. Bien decía el señor que la menta que ellos cultivaban era la mejor de Hamburgo.

[Mi planta, casi dos meses después]

Mi matica sigue creciendo poco a poco y ya hasta le he sacado un par de hijos con la misma técnica del algodón. Creo que por un buen rato no necesitaré comprar menta.

Feliz fin de semana!

3 comentarios en “De cómo conseguí mi matica de menta

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